sábado, 17 de enero de 2009

En noviembre

Despacito, que me siento mejor en las noches de luna llena cuando a los gatos negros les da por aparecer debajo de la ventana de mi calle y maúllan a dios sabe qué. A lo mejor imploran lo perdido, lo importante que ya no se ve porque todo está cubierto de absurdas fachadas en un intento de gritar que la vida es bella. A lo mejor quieren hacer que recordemos los tiempos pasados que preferimos olvidar porque los pinchazos del corazón eran más fuertes que las ganas de volver a amar, que las ganas de recordar la felicidad de nuestros días y despertamos a la persona gris de sonrisa vacía y mirada perdida que todos y cada uno de nosotros llevamos dentro pero que no todos saben disfrazar. O a lo mejor sólo tienen hambre y frío y es que a mí me gusta pensar que todo tiene un sentido diferente a lo que rigen las leyes de la naturaleza y no me conformo con realidades ciertas que no le dan ni el más mínimo golpe de calor a nuestras vidas. Quizá sí, quizá no, pero que importa eso ahora, si lo que muchos llaman sentido yo lo perdí un 18 de agosto de no se qué año, una de esas mismas noches. La luna llena, los negros gatos escondidos detras de un coche observando expectantes, sin hacer un movimiento y con los ojos fijos en alguien que estaba diciendo adiós para siempre a toda su vida. Alguien que estaba mirando por última vez unos ojos tan verdes como la esmeralda que hasta el día de hoy no se volvieron a cruzar con los suyos. Y ha llovido. Joder que si ha llovido desde entonces. Huracanes, relámpagos, truenos, tempestades, lloviznas, nevadas... y no sé cuántos días más que no recuerdo. Y despacito, despacito ella se hundió, durante mucho tiempo el cielo se tiñó de un gris y de un tono malva que la hicieron desfallecer. Pero el tiempo y los años todo lo curan y despacito volvió a salir el sol. Porque nada es para siempre. Nada dura eternamente y ella lo sabe muy bien. Por eso juró no volver a decir aquellas palabras jamás. Porque sabe que la mentira duele más que cualquier otra de las calamidades más oscuras que puedan ocurrírsele a alguien con la mente retorcida y un corazón en un puño. Y le revienta el tipo de personas que se engañan constantemente y que a consecuencia engañan a los demás con falsas promesas. Por eso ella era diferente. Por eso nunca se vió envuelta en esto que llaman mundo. Y sabía que a veces para conseguirlo tenía que censurarse a sí misma. Censurarse. Pues vaya mierda ¿no?, pensarían muchos. Pero, ¿quién no lo hace? Somos siempre lo que realmente somos, o lo que otros esperan que seamos? ¿Verdaderamente decimos siempre lo que querríamos decir? No, claro que no, porque no se puede, porque no se puede. Ella no podía. Porque si hubiera dicho todo lo que pensaba no habría quedado en todo el globo terráqueo ni una sola alma que le guardara un poco de cariño. Era así, que le vamos a hacer. A gusto o disgusto de los demás. Le daba igual. Nunca necesitaba la pena ni la compasión de nadie. ¿Es que era tan dificil encontrar alguien que no pensara en exhibir su físico al resto y que pensara más en mostrar su alma, en desnudarse en ella? Que supiera de barbaries y hambres, que hubiera preferido los 70 al 2000, que no pudiera conciliar el sueño por la noche pero que durante todo el día estuviera cansado, que caminara soñando despierto y que vomitara su locura en esos hombres de corbata, con maletín y raya al lado viviendo unicamente en la línea de la realidad, no dejándose llevar. Amante del rock and roll callejero, de libros antiguos que probablemente nadie (o casi nadie) entendería, de bailar en la oscuridad algo llamado el roce de tu cuerpo y de visitar los parajes más bonitos que se hayan podido crear, aunque sea sólo con la mente. Que no hay cosa más triste que esperar sentado a que las oportunidades vengan solas. Pero que esperando, haciendo las cosas despacito y con calma todo sale mucho mejor para quien tiene esperanza. Y es que hay de todo. Porque aunque nadie sea perfecto para ella había corazones que sí lo eran. Pero de eso han pasado ya muchos años y esos corazones ya han cambiado, ya no son los que eran y ya no se acuerdan de ella. Qué es lo normal, y ella lo sabe. Lo sabe desde el primer día que abandonó ( o que la obligaron a abandonar) todo aquello. Que la olvidarían. Aunque para ella no ha habido ni un sólo día que no haya pensado en ellos, aunque sólo fuera durante un minuto al día. Pero lo hacía. Aunque eso ya no importe, como tantas otras cosas que se cansaron de esperar a su destino y por si acaso no venían se quisieron ir lejos, donde no hubiera nadie que les pudiera replicar las cosas que no habían aprendido a hacer y las que habían aprendido a olvidar. Así que ella algún día hará lo mismo. Volará tan lejos como antaño lo hicieron otros. E importará poco cuantos paladares sean los que ellos quieran, porque quien tiene la mirada en las nubes dificilmente entregara su corazón a algun loco trovador de sueños. Harta de oir historias de otros y no encontrar la suya. Porque no la tenía, ella no tenía historia. O por lo menos la escondía muy bien. De todo, de nada, de querer desafíar al destino con miradas, de los tragos de ginebra en las noches de luna llena...







Fou un fred i trist novembre en la tardor del nostre plor...

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