jueves, 10 de julio de 2008

La casa de la crueldad.

Has pasado 9 largos meses encerrada, sin una bocanada de aire fresco, alimentandote de lo que te obligaban y cada día que pasaba tus ganas de escapar aumentaban. Ya no aguantabas más, tus pulmones empezaban a aprisionarse y tu cuerpo necesitaba estirarse. Pero llega el día en el que parece que escuchan tus plegarias y te liberan. Aunque te liberan de una cárcel para tenerte prisionera en un castillo. Pero tardarás bastante tiempo en darte cuenta. No tienes que hacer nada, no te lo puedes creer. Nadie te exige nada, es más, ellos lo hacen todo por ti. Si necesitas algo, en cinco minutos lo tendrás. Y sonries. Sonries porque eres feliz. Muy feliz. Es lo menos que podrían ofrecerte, piensas, después de todo ese jodido tiempo en el que todo parecía un infierno. Pero después de años, bastantes años, es como si un día abrieras los ojos. Como si todo lo que has vivido no fuera más que una pésima mentira y te cabreas. Te cabreas muchisimo. Porque ese castillo no es lo que tu pensabas. No es tan maravilloso como cuando llegaste. Decides pasear un día por él y hay gente muy rara. Gente que te pide dinero, gente que lleva una ropa muy fea y sucia y que huelen muy mal. Te vas a tu cuarto a darte un baño y a hartarte de cenar para dormir a gusto en tu bonita cama y piensas que mañana será otro día. Cuando te levantas decides pasear por otro pasillo, quieres encontrar algo que satisfaga la horrible sensación de ayer. Empiezas a caminar y ves chicas, muchas chicas. También hay algún chico, pero ellas van casi todas iguales, ellos no. Hay algunos trajeados, muy elegantes piensas. Otros no, otros son gordos y feos y van borrachos. Pero te llama la atención uno, por los ropajes que lleva parece completamente pobre. Aunque lleva una bolsa. Una bolsa de plástico en la que te atreves a adivinar que será comida. ¿Para que querrá traerse aquí comida? No lo comprendes muy bien. Ellas sonríen, pero sus miradas están apagadas, parecen vacías. Uno de los hombres trajeados está junto a una chica, pero ella parece que está incómoda. Ella dice algo de dinero, él le está metiendo la mano debajo de la falda y con la otra estrujando uno de sus pechos. Ella se resiste y grita. El hombre pobre de la bolsa comienza a correr hacia allí. Le da un empujón y consigue liberar a la chica de él. Le da la bolsa y la pelea comienza. Ella le ruega que se vaya. Le dice ‘papá, vete por favor… papá’. ¿Papá? Claro, su padre le trae la comida al trabajo, es la mejor solución que se te ocurre. Pero ¿porque no se va ella a casa con su padre?. No lo tienes muy claro. En la ventana más alta ves a un tipo gordo que lleva muchas cadenas de oro y tiene un poco cara de malo. En cinco segundos el papá de esa chica ha muerto por un disparo y el hombre con cara de malo ya no está en la ventana. Está abajo y le da una hostia a la chica y se la lleva de los pelos hacia dentro, ignorando sus gritos y lloros. También le pide disculpas al hombre trajeado y le dice a dos hombres fuertes y de negro que hay a su lado que hagan no se qué con el cuerpo del pobre padre de la chica. Decides que ya has visto demasiado en este pasillo y te vas a dar una vuelta y a pensar en todas las preguntas que se te acaban de ocurrir. Paseando y pensando en todas estas cosas que te han dejado un poco de malestar en el cuerpo acabas en otro pasillo más bonito. Es una playa y te sientas en la orilla. Pero esa paz va a durar poco. A lo lejos divisas una especie de barcas en las que viajan muchos hombres y mujeres. Y todos negros. Demasiados te parecen que van en cada barca, además no parecen demasiado estables. Cuando tu abuelo te llevaba al puerto había barcos mucho más bonitos y grandes. ¿Por qué no se habrán montado en uno de esos? Ves también a la policía. Y te sientes más segura. También está por ahí la cruz roja, pero un poco distanciada de la policía. En cuanto se aproximan los hombres y mujeres negros y negras a la orilla, saltan de la barca y empiezan a correr. ¿Por qué? La policía también corre. Pero hacia ellos. Ellos corren, pero de ellos. Hay una mujer embarazada con una tripa enorme, piensas que no aguantará mucho más corriendo. Y efectivamente. Un policía la coge y la lleva hacia una furgoneta sin muchos miramientos. Una chica de la cruz roja aparece y comienzan a discutir. Al final la mujer acaba en la furgoneta del policía y la chica de la cruz roja llama a alguien al móvil. Mientras tanto el resto sigue corriendo. Otros policías han cogido a más de esas personas que corrían, entre ellos dos niños pequeños y un anciano. Y les pegan. Les pegan a todo el que intente escabullirse un poco y tu ya no sientes tanto aprecio por esos de uniforme. Al final sólo dos han conseguido escapar y los ves irse a lo lejos. A los demás se los llevan en esas furgonetas. No los han tratado muy bien precisamente, para las malas caras que tenían. Parece que no se encontraban muy bien, además estaban muy delgados. Igual se habían mareado, piensas. La marea ha traído hasta tu lado una de esas barcas en las que viajaban esos hombres y mujeres negros y negras y te asomas un poco para mirar. El primer impacto es apartar la mirada de allí y salir corriendo. Hay gente… muerta. Poca, pero hay. Niños, mujeres, hombres. Muertos. Esqueléticos. Deformados. Han tenido que morir en el último tramo. Entonces vienen de muy lejos piensas. Entonces habrán muerto más por el camino y los habrán arrojado al mar. Y sientes asco. Pero te vuelves a tu dulce habitación. Y mañana decides no pasear por ningún pasillo de esos tan tristes y duros. No puedes dormir. No puedes dejar de pensar. Así que sales a dar una vuelta. Es de noche y hace frío. Y sin quererlo ya te has adentrado en otro pasillo. Ves una hoguera, no muy grande, pero te acercas. Hay gente alrededor de ella bebiendo alcohol. Sucios y andrajosos. Otros están buscando en la basura, y ves a uno de ellos que encuentra una naranja podrida, que es casi ya más verde que naranja, pero se la come. Y parece que tenía hambre, mucha hambre. Sientes lástima. Pero con la lástima no se arregla nada. Otros están tirados en el suelo, con jeringuillas clavadas en los brazos. No sabes que tendrán esas jeringuillas para que les dejen así, ni porque se pinchan si les dejan así. No sabes cual es el pasillo que da más pena de todos. Sigues caminando por otro pasillo, es una ciudad, muy pobre y está prácticamente en ruinas. La gente pasea como zombi, hay cuerpos en el suelo y casas derruidas. Una mujer está llorando al lado del cadáver de un niño. A lo mejor era su hijo. También hay unos pocos debajo de una lona que ya está bastante lejos de ser blanca. A la mayoría les falta alguna parte de su cuerpo y se están desangrando por las heridas. De repente se oye como una especie de zumbido a lo lejos. La gente empieza a correr y a chillar y tu miras al cielo. Son aviones. Muchos aviones. Pero empiezan a bombardear la ciudad sin ton ni son, arrasando casas, colegios y lo poco que queda ya de esa triste ciudad. No lo entiendes. Ellos no han hecho nada. Quieres gritar basta, quieres parar los aviones o detener las bombas. Pero no puedes. Y de repente ya estás fuera del pasillo. El corazón te late rápido y los ojos se te humedecen. Vaya mierda de castillo piensas. Decides que ya vale de esos pasillos y subes a la planta de arriba. Es mucho más bonita que la de abajo, las paredes son de oro y está llena de lujos, de manjares y de joyas. A un lado, el rey tirado en su sofá, mirando un papel con una sonrisa de oreja a oreja y a otro los gobernantes del lugar, comiendo y bebiendo entre sonrisas y falsos apretones de manos. Y al fondo hay gente. Gente normal, como tus padres, en frente del televisor y comiendo chuletón. Miras hacia abajo y te da asco. Te dan asco sus sonrisas, sus trajes y su hipocresía. Te ha costado cinco asquerosos minutos descubrir lo que había arriba, y llevas más de una semana descubriendo el mundo de abajo y sabes que aún te quedan infinitos pasillos por descubrir. Ahora piensas que los pasillos no eran tan pasillos, que eran más bien la realidad y que el castillo no eran tan castillo, que era más bien el mundo. Tienes 11 años y tus ojos ya transmiten odio. Bienvenida a la casa de la crueldad, pequeña. Bienvenida al mundo.

4 comentarios:

ToNee dijo...

es tarde y mi capacidad de concentracion esta muy mermada ahora mismo. te prometo leermelo con mas calma mañana. asi que de momtno, me paso, te digo hola y te dejo un beso MUACK! buenas noches!

Oski dijo...

Buah, simplemente impresionante, me has tenido enganchado durante todo el tiempo que he tardado en leerlo.

Escribes de una manera brutal y logras sensibilizar impresionantemente bien.

Pues sí...el mundo parece tener dos niveles, la realidad y los que manejan la realidad.

Quizás algún día las cosas cambien.

Un abrazo.

P.D: Te agrego a los links de mi blog espero no te moleste.

miquelet dijo...

Pesimista, triste, descorazonador... como la vida misma. No es que seamos así, pero como decía Mingote: "un pesimista es un optimista bien informado".

Felicidades. Un relato magnífico y un blog genial.

Voleuse dijo...

Muy largo el texto pero engancha desde la primera linea.
Más que pesimista realista, aunque me gustaría creer que el mundo no es un lugar tan terrible
Te agrego a blogs favoritos
Saludos :)