miércoles, 4 de junio de 2008

Infancia perdida

Mucho hablamos de los países tercermunditas y de las penosas condiciones en las que viven, pero nosotros tampoco vivimos en el maravilloso primer mundo que nos venden... Esto, esto también es Europa

Tras nueve años de invasión capitalista en el antiguo paraíso comunista del megalómano Ceaucescu, han nacido los especuladores y los nuevos ricos, mientras que los pobres, sin el apoyo de las estructuras del Régimen anterior, son abandonados a su suerte.

La mayor parte de los rumanos logran sobrevivir malamente. Esto ha producido un triste fenómeno: aumenta sin cesar el número de niños abandonados por sus familias empobrecidas. Rumanía nunca tuvo buenos servicios sociales para acogerlos. A estos niños se suman los que han contraído el virus del sida. Se le llama el sida del Régimen, porque es el amargo fruto de una asistencia sanitaria que descuidaba las más elementales reglas de higiene. Incluso se ha denunciado que el Régimen utilizó a niños huérfanos como conejos de indias en la investigación científica sobre el virus HIV.
Los niños de la calle de Bucarest viven bajo tierra, en las alcantarillas. Éstas son las escalofriantes revelaciones de un reportaje realizado por el periódico italiano Avvenire. Roban, se prostituyen porque tienen que comer. Discuten entre ellos y se pelean, eso sí, como todos los niños del mundo.
El ángel de las alcantarillas más pequeño de Bucarest se llama Daniel y tiene cuatro meses. Sus padres, Mara y Florián, también viven bajo tierra. Cada día, el pequeño Daniel sale a ver la luz del día, por la boca de la alcantarilla, en brazos de su madre. El padre es un poco el jefe de los chavales de este trozo de ciudad subterránea, que comparten con las ratas de las conducciones de agua. A Florián una vieja gitana le ha ofrecido cuidarle el niño, pero tiene miedo de que se lo vendan. Si no encuentra otra solución, acabará confiándolo a una institución.
Los ángeles de las alcantarillas de Bucarest están bien organizados. Cada grupo tiene un jefe al que hay que obedecer. Deben robar o prostituirse para él. Comen pipas cuyas cáscaras escupen con suficiencia y, de vez en cuando, meten la nariz en una bolsa de plástico con pegamento fuerte o barniz para drogarse, aspirando los gases que desprende el producto químico. Un frasco de Aurolac, disolvente orgánico que cuesta siete mil liras, basta para dos o tres días.
Junto a estos desperdicios humanos, y sin embargo ángeles inocentes, condenados a sufrir, creados por la sociedad del sálvese quien pueda, privada de valores tras la caída del Régimen, el otro gran pecado social de Rumania respecto a la infancia es el de los enfermos de sida, condenados a morir sin saber lo que es un juguete. El sida pediátrico, en Rumanía, es una herencia del Régimen. En la última década, miles de pequeños con el virus han sido abandonados, en el mejor de los casos, en orfanatos estatales inmundos, hacinados, y priva- dos de los medios más elementales para un crecimiento digno como personas.
Los casos de sida infantil, entre 0 y 12 años, son 4.594 en todo el país, y representan el 59,1% del sida pediátrico de toda Europa. Sólo en 490 casos están también infectados los padres, señal de que la transmisión del virus no fue por vía parental sino horizontal, lo que representa una anomalía respecto a otros países.
Varias organizaciones, entre las que se encuentra Cáritas y otras instituciones católicas, se ocupan de estos niños y han creado centros para ellos, en los que procuran, en los pocos años o meses que les quedan de vida, sustituir con amor la compañía de quien los abandonó. De otro modo, morirían completamente solos.