martes, 20 de mayo de 2008

Aumenta mi debilidad por ti..

Había sido un día realmente largo y aún se me había hecho más pesado después de tu llamada. Eran ya las nueve y cuarto de la noche y tu me habías dicho que me esperarías a y media. Al principio tenía bastante claro que no quería ir, pero andando, no sé como terminé en la puerta de ese hotel. Entré y subí las escaleras hasta la habitación 313. La puerta estaba medio abierta y dentro de aquella habitación inundada de pétalos y velas y una mesa con dos copas que me atreví a adivinar que más bien era ginebra. No parabas de mirarme y yo quería evitar tu mirada. Realmente no sabía ni que hacía allí. Durante estas dos semanas había intentado (aunque fuera inútil) olvidar tus besos, tus abrazos, tus sonrisas, nuestras risas, nuestras miradas… Y si no había terminado bastante bien había sido por tu culpa, aunque yo también puse de mi parte. Pero ahora sin darme tiempo siquiera para sacarte de mi cabeza y agarrado a un clavo ardiendo te empeñabas en que no nos podíamos marchar el uno de la vida del otro, y yo aunque de mi mirada salían sentimientos muy distintos, en el fondo de mí sabía que quería quedarme esa noche…
Estuvimos como cinco minutos mirándonos a los ojos, hubiera podido jurar que ninguno de los dos pestañeamos en ningún momento, pero habría mentido. Sé que tendría que haber salido corriendo de allí, encerrarme en mi casa y desconectar el teléfono, apagar el móvil y no encender el ordenador, pero era imposible despegarme de su mirada. Hacía años que no sentía nada así y él era algo totalmente distinto.
Se intentó acercar hacia mí pero yo me retiré, intentando aún aparentar que no le deseaba. Sabía como acabaría aquella noche. Me pidió perdón de mil maneras, que me echaba de menos y hasta me pareció ver que sus ojos comenzaban a brillar, pero en ese momento y sin dejarle acabar la frase, todo me dio igual y le besé. Fue un beso corto pero apasionado y nos miramos y nos sonreimos. De repente nuestras ropas empezaron a caerse de nuestros cuerpos lentamente y él apagó las luces y en ese momento sólo existíamos la luna, la cama, él y yo. Y fue increíble, sus caricias hacían arder todo mi cuerpo y su mirada me electrizaba. No hubo parte de mi cuerpo que él no recorriera y lo hizo con una ternura que me encantaba. Nos quedamos como una hora abrazados y hablando, hablando no se de qué, pero hablando. Salimos a la terraza y mientras comenzó a liarse un porro, yo me encendí un cigarro. La noche era preciosa, pero sé que si hubiera estado en mi casa sola, la noche me hubiera parecido un infierno. Se acercó tras de mí y me abrazó y comenzó a besarme el cuello. Hubiera cambiado los últimos 4 años y medio de mi vida por ese momento. Y nos dormimos, y como todo llega, el alba llegó. Y mientras mis ojos aún cerrados notaban que los primeros rayos de sol entraban por la terraza, mis mejillas notaban su mano acariciandome. Sonreí y me besó. Nos levantamos y nos fuimos a la ducha. Y ya, si no está él a mi lado no consigo conciliar el sueño…

2 comentarios:

ToNee dijo...

precioso...no hay mas palabras para describirlo.

Lisa dijo...

pone la piel de gallina!!